ἴδμεν ψεύδεα πολλὰ λέγειν ἐτύμοισιν ὁμοῖα, ἴδμεν δ’ εὖτ’ ἐθέλωμεν ἀληθέα γηρύσασθαι. (“Sabemos decir muchas mentiras que parecen ciertas. Pero también sabemos, cuando queremos, proclamar verdades”).
“La Teogonía” (versos 27-28), Hesíodo
Oh Musa, permitidme recordar a quien antaño fue vuestro amigo y compañero, de quien portáis con orgullo el propio nombre, para que no se pierda su memoria entre los hombres, pues es también honorable aquel que avanza sin lanza, ni grebas ni coraza.
Helicón de Tespias, hijo de Éupomo el de la palabra sin dolo, se dirigía al cauce del Permeso que alimenta a los pálidos alisos, cuando encontró una figura inmensa y femenina, coronada de pétreas torres.
-— Pastor. Lo que aquí se aprende pocos lo conocen. Ven.
Y él la acompañó, hacia el interior del bosque sagrado de imponentes robles y húmedos laureles.
Tras los últimos árboles comenzaba un prado, y en él, nueve mujeres de pies veloces trazaban círculos en torno a una fuente, y el suelo resonaba bajo sus plantas.
Helicón escuchaba el sonido del aulós y el tímpano y la cítara, aunque nadie tocaba.
-— Es aquí. Pero recuerda, mortal, que lo que conozcas no ha de ser revelado.
Un momento después, estaba solo. La tierra enmudeció y ellas lo observaron. Helicón se despojó del manto y avanzó como quien se arroja al mar desde una cumbre. Después, se unieron en la danza.
Así pasaron nueve días. Al amanecer del décimo, tomó su manto y descendió. Entonces la música seguía dentro de él.
Helicón regresó varias veces, en especial cuando Apolo partía hacia los hiperbóreos. Pero un día su padre le preguntó dónde pasaba las oscuras noches, y él, que no tenía la astucia de Odiseo ni la lengua de Hermes, respondió, y la música dentro de él se fue alejando.
La siguiente vez que acudió, el sonido y el baile le resultaron ajenos. Las mujeres lo notaron, le negaron la mirada y se marcharon, y enmudeció la música.
Helicón llamó a cada una de ellas tres veces por su nombre, pero las Musas de gloriosa voz no respondieron. Entonces esperó, hasta que Ananké la inexorable apretó su pecho, y el frío entró en él. Sus rodillas se doblaron, y se recostó en silencio sobre la blanda hierba, de donde no pudo volver a levantarse.
Cuando la oscuridad comenzó a cubrirle los ojos, las Musas entonaron su lamento, y lágrimas cálidas corrieron por sus bellas mejillas. Conmovida, Gaia, la madre universal, acogió el cuerpo caído en su amplio seno, antes de que Hermes condujera su alma al tenebroso Hades, que a tantos retiene.
Y es por eso que el monte lleva el nombre de Helicón, y Éupomo no lo visita en vano.