“1898. Los últimos de Filipinas” trata sobre el sitio de Baler (isla de Luzón, Filipinas): la resistencia de 54 soldados españoles de un asedio de 337 días del 1 de julio de 1898 hasta el 2 de junio de 1899.

Los soldados se refugiaron en la iglesia: un edificio rectangular de unos 30 metros de largo y 10 de ancho.

Para defenderse, tapiaron las ventanas con ladrillos, dejando solo rendijas para los fusiles, lo que convirtió el interior en un horno oscuro, húmedo, sin apenas ventilación. El campanario se transformó en el único puesto de observación hacia el exterior.

Los filipinos atacaban constantemente, pero los muros de metro y medio de la iglesia protegían bien. Solo dos soldados españoles murieron en combate.

Hubieron 15 bajas adicionales por el beriberi, debido a la falta de vitamina B1 por una dieta basada en arroz enmohecido y tocino rancio. Los cuerpos se hinchaban de líquido, se paralizaban sus músculos y sufrían paros cardíacos.

Enrique de las Morenas, capitán de la misión, y el primer teniente fallecieron por esta enfermedad, dejando el mando al implacable Saturnino Martín Cerezo.

Los tagalos (revolucionarios filipinos) hacían también guerra psicológica: por las noches les insultaban, hacían sonidos infernales, simulaban fiestas en el pueblo y ponían a las mujeres a bailar a la vista del campanario.

Cerezo organizó una incursión nocturna sorpresa hacia los huertos cercanos. El pelotón logró repeler a los centinelas filipinos, quemó las casas colindantes para despejar la visibilidad y regresó a la iglesia cargado de limones, naranjas y hojas de calabaza. El consumo de frutas frescas detuvo las muertes por enfermedad.

Nueve delegaciones distintas intentaron convencerlos de que España ya no gobernaba el archipiélago. El general español Fermín Jáudenes les envió cartas oficiales, pero Martín Cerezo pensaba que eran falsificaciones de los rebeldes o de los estadounidenses.

La clave del fin del asedio llegó cuando el teniente coronel español Aguilar entró al pueblo con un fajo de periódicos de Madrid. Martín Cerezo los hojeó buscando trampas. Su mirada se detuvo en la sección de anuncios oficiales de la Gaceta de Madrid. Allí leyó que un amigo suyo, el teniente Alcaide, había sido destinado a un regimiento de Málaga. Cerezo supo de inmediato que ningún falsificador filipino podía conocer ese dato tan íntimo y civil de la burocracia militar española.

Comprendió que llevaban medio año defendiendo un territorio que pertenecía a los Estados Unidos.

El 2 de junio de 1899, la puerta de la iglesia se abrió. Los 33 supervivientes (incluidos dos frailes franciscanos) salieron desfilando con paso marcial, desnutridos, con uniformes hechos jirones, sosteniendo sus fusiles.

Las tropas filipinas les presentaron armas en señal de máximo respeto militar.

Tomaron el vapor “Alicante” rumbo a Barcelona, donde fueron vitoreados como héroes nacionales.

También enviaban a familiares de los soldados o desertores a suplicarles que salieran. Martín Cerezo prohibió escuchar a los emisarios y llegó a fusilar a dos de sus hombres por intentar desertar.

A finales del siglo XIX, en la colonia española de Filipinas, un destacamento español fue sitiado en el pueblo de Baler, en la isla filipina de Luzón, por insurrectos filipinos revolucionarios, durante 337 días.

En diciembre de 1898, con la firma del Tratado de París entre España y Estados Unidos, se ponía fin formalmente a la guerra entre ambos países y España cedía la soberanía sobre Filipinas a Estados Unidos. Debido a esto, los sitiados en Baler son conocidos como “los últimos de Filipinas”.

Estados Unidos le declaró oficialmente la guerra a España el 25 de abril de 1898 (“Guerra Hispano-Estadounidense”).

Cuba y Filipinas llevaban años envueltas en sangrientas guerras de independencia contra España. Estados Unidos tenía enormes intereses económicos en el azúcar cubano y quería expandir su imperio hacia el Pacífico.

En enero de 1898 EE. UU. envió el acorazado USS Maine al puerto de La Habana (Cuba) para “proteger los intereses de sus ciudadanos” ante las revueltas. El 15 de febrero de 1898, el barco explotó misteriosamente en el puerto, provocando la muerte de 266 marineros estadounidenses.

La prensa sensacionalista estadounidense (liderada por Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst: Citizen Kane (1941)) culpó a España sin pruebas, exigiendo venganza.

Estudios modernos sugieren que se trató de un accidente interno en las calderas de carbón

El 22 de abril, la flota de EE. UU. bloqueó los puertos de Cuba. España consideró este acto como una agresión y le declaró la guerra al día siguiente. Y dos días después, el Congreso de los Estados Unidos se la declaraba a España.

A los pocos días de declararse la guerra, la marina estadounidense navegó hasta la bahía de Manila en Filipinas. En la Batalla de Cavite (1 de mayo de 1898), los modernos barcos norteamericanos destruyeron por completo la flota española en cuestión de horas. Los estadounidenses se aliaron temporalmente con los revolucionarios filipinos (tagalos) en tierra para cercar a las últimas guarniciones españolas, incluyendo el remoto pueblo de Baler.

Completamente derrotada, España capituló en agosto. El 10 de diciembre de 1898 se firmó el Tratado de París, por el cual renunciaba a la soberanía de Cuba, cedía de manera directa Guam y Puerto Rico, y vendía Filipinas por 20 millones de dólares.