José II

José II de Habsburgo-Lorena fue el ejemplo perfecto del “Despotismo Ilustrado” en Europa. Su lema político definía su forma de gobernar:

“Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Fue un hombre de una ética de trabajo obsesiva, austero e increíblemente progresista. Abolió la servidumbre feudal, eliminó la tortura, abolió la censura de prensa y decretó la Patente de Tolerancia, otorgando por primera vez libertad religiosa total a judíos y protestantes en el Imperio Austríaco.

Dictó leyes decretando que los ciudadanos debían ser enterrados en ataúdes reutilizables de madera con una trampilla inferior para arrojar los cuerpos en fosas comunitarias cubiertas de cal viva, ahorrando madera y previniendo epidemias.

Era un músico aficionado notable, tocaba el violonchelo y el piano con destreza y financiaba las artes de su propio bolsillo. Su famosa frase a Mozart tras escuchar El rapto en el serrallo: “Demasiadas notas, mi querido Mozart”, ocurrió en la realidad, pero no fue un bofetón de desprecio; era una crítica estética común de la época ante el estilo hipercomplejo y vanguardista del compositor de Salzburgo.

Salieri

Antonio Salieri (1750–1825) fue el músico más poderoso, respetado y exitoso de Viena. Ocupaba el cargo de Kapellmeister (Maestro de Capilla Imperial), el puesto musical más alto y prestigioso de toda Europa central, un cargo que mantuvo durante 36 años seguidos. Sus óperas se estrenaban con un éxito de taquilla colosal en París, Viena y Milán, ganando una fortuna masiva.

Lejos de sabotear a otros artistas, Salieri fue un filántropo que daba clases de música de forma gratuita a jóvenes talentos sin recursos económicos, entre los que se encontraron Ludwig van Beethoven (Fantasia (1940)), Franz Schubert y Franz Liszt.

En sus últimos años de vida, Salieri sufrió de demencia senil y fue ingresado en un hospital. En mitad de sus delirios mentales, un enfermero propagó el rumor falso de que el anciano se había confesado culpable de envenenar a Mozart. Aunque sus amigos demostraron la falsedad del chisme, la literatura del siglo XIX adoptó la mentira porque era un conflicto dramático perfecto para explorar la envidia artística.

Mozart

Wolfgang Amadeus Mozart (1756–1791) fue un prodigio musical desde su infancia. Era un trabajador feroz, que pasaba noches enteras sin dormir estudiando las complejas estructuras de las fugas de Johann Sebastian Bach y reescribiendo borradores minuciosamente.

Ganaba sumas de dinero colosales gracias a los conciertos privados, las lecciones a aristócratas y los derechos de sus óperas, pero tenía un derroche descontrolado.

Vivía en un piso de lujo inmenso en el centro de Viena, compraba ropa de seda hecha a medida con hilos de oro, tenía un carruaje privado y apostaba grandes sumas en mesas de juego.

Cuando la economía de Viena colapsó debido a la guerra contra el Imperio Otomano y los conciertos privados se cancelaron, Mozart no supo adaptar su estilo de vida burgués, cayendo en un laberinto de deudas y préstamos que lo asfixió en sus últimos dos años.

Falleció el 5 de diciembre de 1791 a los 35 años. El forense determinó que la causa de la muerte fue una fiebre reumática aguda derivada de una infección por estreptococos, lo que le provocó un fallo renal masivo y una hinchazón severa en todo el cuerpo.

Su funeral en una fosa común fue el trámite burocrático higiénico normal para la clase media de la Viena de 1791, pues José II había dictado leyes estrictas de sanidad para evitar epidemias.

Quedó inacabado su famoso Réquiem en Fa Mayor K. 626 “Lacrimosa”.

Si bien las cartas reales de Mozart demuestran que tenía un sentido del humor muy escatológico, infantil y bromista, no era el payaso irresponsable que muestra la cinta. Era un trabajador obsesivo, increíblemente culto, políglota y un hombre disciplinado con su profesión.

Las óperas de Mozart fueron éxitos rotundos. El público vienés quedó tan entusiasmado con Las bodas de Fígaro que las ovaciones y repeticiones de piezas duraban horas, obligando al emperador a prohibir por decreto los bises para que las funciones no terminaran de madrugada. Mozart era un artista sumamente célebre y respetado en toda Europa.

Nunca existió semejante odio ni Salieri envenenó a Mozart. Ambos compositores eran rivales profesionales normales en el competitivo mercado musical de Viena, pero mantenían una relación de mutuo respeto. Salieri asistió con entusiasmo al estreno de La flauta mágica, e incluso años después de la muerte de Mozart, Salieri fue el profesor de piano oficial del segundo hijo del genio de Salzburgo. El mito del asesinato nació de un rumor falso en el siglo XIX que el poeta Aleksandr Pushkin inmortalizó en una obra de teatro.

Salieri jamás pisó el lecho de muerte de Mozart ni escribió una sola nota del Requiem. El misterioso encargo fue real, pero provino de un aristócrata real, el Conde Franz von Walsegg-Stuppach, quien tenía la costumbre de encargar obras en secreto a grandes compositores para luego hacerlas pasar como suyas en honor a su difunta esposa. Quien ayudó de verdad a Mozart a completar la obra en su cama fue su alumno real, Franz Xaver Süssmayr.