Beasts of No Nation (C. Joji Fukunaga, 2015) retrata la realidad de los niños soldados.

El guion adapta la novela homónima de 2005 escrita por el autor nigeriano y médico estadounidense Uzodinma Iweala.

El director contrató a ciudadanos locales e inmigrantes de Liberia y Sierra Leona que habían sido víctimas reales de las guerras civiles, incluyendo a personas amputadas y huérfanos auténticos.

Aunque el país es ficticio, la película es un “collage” documental exacto inspirado en las atrocidades de la Primera y Segunda Guerra Civil de Liberia (1989-2003) y la Guerra Civil de Sierra Leona (1991-2002).

Para romper la psicología de los niños y anular su empatía, el Comandante y sus oficiales les suministran de forma sistemática una droga llamada popularmente Brown-Brown (una mezcla letal de cocaína y pólvora de cartuchos de escopeta que se aspira por la nariz), además de anfetaminas primitivas. Esto era una práctica sistémica real documentada por las Naciones Unidas entre las guerrillas del Frente Revolucionario Unificado (RUF) en Sierra Leona para convertir a los menores en armas de asalto suicidas e hiperviolentas.

El personaje de Idris Elba basa su liderazgo en rituales místicos, bautizos de sangre y amuletos de protección mágica. Esto calca el comportamiento real de los caudillos militares de Liberia, como el infame Joshua Milton Blahyi (conocido en los años 90 como el “General Ketchup Desnudo”), un líder rebelde real que lideraba a batallones de niños armados completamente desnudos creyendo que la brujería los hacía inmunes a las balas modernas.

La guerrilla de la película se organiza en facciones que mutan constantemente de nombre debido a las traiciones de los generales en los hoteles de lujo de la capital. Esto refleja la fragmentación real de los señores de la guerra africanos, que financiaban sus ejércitos privados mediante el contrabando clandestino de los llamados “diamantes de sangre”.

El clímax final del largometraje muestra la llegada de los vehículos blindados de las fuerzas de paz de las Naciones Unidas. La película retrata con gran madurez la frustración burocrática real de estas misiones: los soldados internacionales se limitan a desarmar a los niños y confinarlos en centros de rehabilitación cercados, exponiendo el inmenso reto de salud mental y sociológico que supone intentar devolver la infancia, los juegos y la empatía a menores cuyas manos fueron forzadas a empuñar un fusil AK-47.