El Cautivo (A. Amenábar, 2025) narra la vida de Miguel de Cervanes como prisionero en Argel, después de la Batalla de Lepanto (La Batalla de Lepanto), tras su captura por corsarios berberiscos.

La trama arranca en 1575. Miguel de Cervantes, un soldado de 28 años herido con orgullo en la célebre Batalla de Lepanto (donde perdió la movilidad de su mano izquierda), regresa a España a bordo de la galera Sol. Sin embargo, el barco es asaltado en alta mar por corsarios árabes y Cervantes es llevado a Argel como rehén. Debido a que llevaba consigo cartas de recomendación firmadas por Don Juan de Austria, sus captores asumen erróneamente que es un noble crucial de altísimo rango y fijan por su rescate la astronómica suma de 500 escudos de oro, una cantidad que su humilde familia en España es incapaz de pagar.

Encerrado en los llamados baños (las miserables prisiones carcelarias argelinas), Cervantes descubre el poder terapéutico de contar historias imaginativas en voz alta para devolverle la esperanza a sus desesperados compañeros cautivos. Estos relatos cautivan por completo a Hasán, el misterioso y temido Bajá (gobernador) de Argel, quien entabla con el prisionero una ambigua afinidad. Con un optimismo inquebrantable, Cervantes utilizará su ingenio no solo para sobrevivir, sino para coordinar intrincados planes de fuga.

Entre 1576 y 1579, ideó y lideró personalmente cuatro intentos de fuga masivos altamente sofisticados. Intentó escapar a pie hacia Orán, esconder a docenas de cautivos en una cueva secreta de la costa esperando una fragata española, y enviar cartas clandestinas para comprar naves de huida.

Cada vez que los planes fracasaban debido a la traición de confidentes o chivatos, Cervantes asumía de forma exclusiva toda la responsabilidad del complot ante las autoridades argelinas para salvar a sus compañeros de la ejecución, declarando con orgullo que él era el único cerebro de la operación.

El hecho de que el brutal bajá Hasán Veneziano no lo ejecutara, empalara o mutilara tras reincidir cuatro veces en intentos de fuga (lo que constituía un milagro absoluto en el Argel del siglo XVI) es verídico.

Las crónicas del fraile Diego de Haedo recogen que el gobernador sentía una extraña fascinación por el magnetismo, la audacia y la inteligencia verbal del soldado español, llegando a declarar:

“Mientras yo tenga al estropeado español guardado, mis cristianos, mis barcos y mi ciudad están seguros”.

Los cervantistas y biógrafos matizan firmemente este enfoque.

Las sociedades otomanas y de los piratas berberiscos de la época tenían prácticas de homoerotismo toleradas en ciertos estratos de poder (con la presencia de los jóvenes sirvientes llamados ghilman).

Sin embargo, el cautiverio de Cervantes fue un periodo de sufrimiento psicológico extremo, torturas medievales, hambre severa y trabajos forzados brutales en un mercado internacional donde los seres humanos eran tratados como mercancía biológica de intercambio financiero.

Fue en el cautiverio en Argel, rodeado de la locura carcelaria, del lodo de las mazmorras y escuchando las vivencias de soldados, renegados, corsarios y sabios marginados de todo el Mediterráneo, donde el joven soldado enterró su vieja mentalidad militar rígida para transformarse en un humanista compasivo.

El cautiverio le enseñó que la libertad de la mente es el único tesoro que ningún tirano puede encadenar, la tesis molecular que años más tarde vertería directamente en la psicología de Don Quijote de la Mancha.

El 19 de septiembre de 1580, frailes trinitarios pagaron in extremis los 500 escudos de oro de su rescate justo cuando Hasán se disponía a llevárselo encadenado a Constantinopla.