Alfonsina Storni (1892–1938) fue una de las poetas, dramaturgas y periodistas más importantes de América Latina, y una figura central del posmodernismo literario.
Nacida en Suiza, fue sin embargo criada y nacionalizada en Argentina.
Desafió abiertamente las rígidas normas morales y patriarcales de principios del siglo XX tanto con su pluma como con sus decisiones de vida.
Junto a Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou, formó la avanzadilla de mujeres que conquistaron el reconocimiento literario en un ecosistema dominado por hombres.
Su vida estuvo marcada por el esfuerzo, la independencia económica y la vulnerabilidad emocional.
De familia humilde, trabajó desde niña como obrera en una fábrica de gorras y luego como actriz de gira teatral. Logró graduarse como maestra rural y ejercer la docencia en Rosario y Buenos Aires.
En 1912, tras un romance con un hombre casado, dio a luz a su hijo Alejandro. Decidió criarlo sola en Buenos Aires, una afrenta directa para la sociedad de la época que plasmó en su célebre poema La loba, donde se reivindicaba libre y fuera de la “manada”.
Escribió crónicas urbanas en medios como La Nación, defendió el derecho al sufragio femenino, la educación de las mujeres y la igualdad de género.
Su obra poética suele dividirse en dos etapas: modernista y romántica, y vanguardista y oscura.
En la primera aparecen libros como La inquietud del rosal (1916) o El dulce daño (1918) exploran el amor, el erotismo y el resentimiento o la crítica frente a las exigencias masculinas. Su poema más icónico de esta era es Tú me quieres blanca, una denuncia explícita a la doble moral de los hombres que exigen pureza en la mujer mientras ellos consumen vicios.
En la segunda se encuentran otros como Mundo de siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938). Su poesía se vuelve más cerebral, abstracta, irónica y desgarradora, con una presencia obsesiva de la muerte y el paisaje marino.
En 1935 fue diagnosticada con cáncer de mama y sometida a una dolorosa mastectomía. Sufría un dolor físico crónico, y había caído en una profunda deprseión exacerbada por el suicidio de amigos como el escritor Horacio Quiroga.
El 24 de octubre de 1938 envió a la redacción de “La Nación” el poema Voy a dormir:
Dientes de flores, cofia de rocío, manos de hierbas, tú, nodriza fina, tenme prestas las sábanas terrosas y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame Ponme una lámpara a la cabecera una constelación, la que te guste todas son buenas, bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes… te acuna un pie celeste desde arriba y un pájaro te traza unos compases
para que olvides… Gracias… Ah, un encargo: si él llama nuevamente por teléfono le dices que no insista, que he salido.
Al día siguiente se arrojó desde el espigón de la playa La Perla en Mar del Plata acabando con su vida.