Una fiesta patronal (como San Juan o las verbenas de barrio) suspende temporalmente las barreras sociales y la cruda realidad del día a día.

Los ricos, los pobres, los poderosos y los marginados comparten el mismo espacio físico, la misma comida y el mismo baile.

La música y el alcohol actúan como un anestésico general. Olvidados los problemas del trabajo, la política o la pobreza, todos se vuelven iguales en el desenfreno.

El triunfo de Baco (D. Velázquez, 1628-1629)

Cuando amanece, la magia se rompe bruscamente.

La igualdad en la fiesta es solo un espejismo, una válvula de escape permitida del sistema para que el pueblo “desahogue” sus frustraciones.

Al amanecer, cada estamento social regresa exactamente al mismo lugar de desigualdad, opresión y rutina que ocupaba el día anterior.