A finales del siglo XIX, Finlandia no era un país independiente, sino un Gran Ducado bajo el control del Imperio Ruso. En 1899, el zar Nicolás II intensificó la “rusificación” del territorio, censurando la prensa, limitando las libertades y persiguiendo la cultura finlandesa.
Para protestar de forma encubierta, los intelectuales finlandeses organizaron las Celebraciones de la Prensa de 1899, un evento aparentemente cultural para recaudar fondos para las pensiones de los periodistas, pero que en realidad era una tapadera de resistencia política. Sibelius compuso la música para una serie de cuadros históricos que narraban el pasado de Finlandia. La última pieza de esa suite, titulada originalmente “Finlandia despierta”, era tan poderosa y despertaba tanto fervor nacionalista que el gobierno zarista la prohibió de inmediato.
Para poder seguir interpretándola en las salas de conciertos sin que la policía rusa arrestara a los músicos, Sibelius y las orquestas tuvieron que esconder el tema bajo títulos falsos muy absurdos. Se llegó a interpretar en Helsinki y otras ciudades europeas anunciada en los carteles como “Impromptu”, “Sentimientos nocturnos” o “Una marcha feliz sobre motivos folclóricos”.
Cuando Finlandia logró finalmente su independencia en 1917, tras la Revolución Rusa, la obra pudo interpretarse con su nombre real y se consolidó como el segundo himno nacional (no oficial) del país.