
“La carga de los tres reyes,” representa la icónica Batalla de Las Navas de Tolosa (Batalla de Las Navas de Tolosa (Van Halen, 1212))
Batalla de las Navas de Tolosa. Los reyes de Castilla, Aragón y Navarra, montados en sus imponentes caballos, avanzan con determinación y coraje, empuñando sus armas y escudos heráldicos. A su alrededor, el caos y la violencia de la guerra son palpables, con soldados caídos y el polvo de la contienda alzándose. La imagen captura un momento crucial de valentía y liderazgo en medio del brutal enfrentamiento, simbolizando la decisiva victoria cristiana que marcó un punto de inflexión en la Reconquista.
En palabras de Arturo Perez´-Reverte (La carga de los tres reyes) (los saltos de párrafo son míos):
La escabechina, muy propia de aquel tiempo feroz, hizo época. En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo -imagino que tendría otras cosas en la cabeza-, había plantado su famosa tienda roja.
La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda. Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer.
Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros -porque sintiéndolo mucho, señor presidente, allí los cristianos eran los nuestros-; que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida.
Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba.
Fue entonces cuando Alfonso VII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó: «Aquí, señor obispo, morimos todos». Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo.
Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano.
El resto es Historia: tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso.
Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria.