La primera gran novela moderna, con una ironía y complejidad narrativa asombrosamente adelantada a su tiempo (juega con la idea de “novela dentro de la novela”, personajes que saben que son personajes de un libro en la segunda parte, múltiples narradores no fiables).

Va mucho más allá de la típica lectura simplificada de “loco que confunde molinos con gigantes”

Es una reflexión profunda sobre la locura, el idealismo frente al pragmatismo, la construcción de la identidad a través de las historias que nos contamos, y la relación entre ficción y realidad.

Entre la primera y la segunda parte, en 1614, alguien publicó una continuación apócrifa (falsa) firmada bajo el seudónimo de “Alonso Fernández de Avellaneda”, sin permiso de Cervantes. Esto le sentó tan mal que la propia segunda parte auténtica de Cervantes incluye referencias directas y bastante mordaces contra esa versión falsa: es de las primeras veces en la historia de la literatura que un autor “responde” dentro de su propia obra a una copia no autorizada de su personaje.

Cervantes escribe a principios del siglo XVII, cuando España seguía siendo formalmente el imperio más grande del mundo (América, partes de Italia, Países Bajos, Filipinas), pero ya mostraba síntomas claros de agotamiento: guerras carísimas sin fin (Flandes, conflictos con Inglaterra y Francia), varias bancarrotas de la Corona, y una economía que dependía cada vez más del oro y la plata americanos en vez de producción interna — el famoso fenómeno que los historiadores llaman a veces “enfermedad holandesa” avant la lettre, donde la riqueza fácil de las colonias descapitalizó la economía productiva española.

Los “hidalgos” (nobleza baja, sin título ni grandes propiedades) constituían una clase social en plena crisis: tenían el honor y el estatus de nobles, pero muchos vivían en una pobreza casi ridícula, atrapados por el código de honor que les impedía trabajar con las manos (trabajar manualmente se consideraba deshonroso para un hidalgo) mientras sus rentas menguaban. Alonso Quijano, el protagonista, es exactamente ese perfil: hidalgo venido a menos, con tiempo libre de sobra y pocos recursos, que se refugia en la lectura compulsiva de novelas de caballerías como escape de una realidad social que ya no tenía sitio para él.

Las novelas de caballerías que Quijote devora (Amadís de Gaula y similares) retrataban un mundo medieval de caballeros errantes que ya llevaba siglos desaparecido para cuando Cervantes escribe. España en 1605 tenía ejércitos profesionales, artillería, y una burocracia estatal compleja — la figura del caballero solitario resolviendo entuertos con su espada era ya, en la práctica social real, una fantasía nostálgica de un pasado idealizado. Cervantes está satirizando directamente un género literario que él consideraba dañino y desconectado de la realidad de su tiempo.

Cervantes escribe bajo un sistema de censura eclesiástica activo (la Inquisición española), lo que probablemente influye en cómo maneja la crítica social — de forma indirecta, a través de la comedia y la ambigüedad, en vez de la denuncia directa. Es un recurso muy usado en la literatura de la época: decir cosas incómodas “disfrazadas” de locura de un personaje ridículo, protegiéndose del riesgo de la censura directa.

Cervantes había sido soldado (perdió el uso de la mano izquierda en la batalla de Lepanto, 1571), estuvo cautivo esclavizado en Argel durante cinco años, y pasó buena parte de su vida en apuros económicos serios, incluso preso por deudas. Su propia experiencia de un imperio que prometía gloria pero que en la práctica dejaba a mucha gente (soldados veteranos, hidalgos, funcionarios menores) en la pobreza y el olvido, atraviesa la novela de fondo.