Waltz with Bashir (A. Folman, 2008) describe la matanza de civiles en los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila del 16 al 18 de septiembre de 1982.
Ari Folman, el director, participó en los hechos como soldado
Bashir Gemayel era un joven, carismático y controvertido líder de las milicias cristianas maronitas de derecha (las Falanges Libanesas o Kataeb). Había sido elegido presidente de Líbano en agosto de 1982 con el respaldo estratégico y militar del gobierno de Israel, que buscaba un aliado cristiano en su frontera norte para expulsar a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).
El 14 de septiembre de 1982, una enorme bomba estalló en el cuartel general del partido de Gemayel en Beirut, asesinándolo a él y a otras 23 personas.
El atentado fue perpetrado por Habib Shartouni, un miembro del Partido Social Nacionalista Sirio. Sin embargo, los falangistas cristianos culparon erróneamente de forma inmediata a los refugiados y milicianos palestinos, desatando una sed de venganza incontrolable.
Al día siguiente, violando los acuerdos de alto el fuego, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) invadieron y ocuparon militarmente el oeste de Beirut. Los soldados israelíes cercaron por completo con tanques, puestos de control y nidos de ametralladoras los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila. Nadie podía entrar ni salir de ese perímetro sin la autorización expresa de los militares israelíes.
Durante los combates urbanos en Beirut en 1982, la unidad quedó inmovilizada en una encrucijada bajo un fuego de francotiradores atroz. En un ataque de adrenalina y desesperación, Frenkel le arrebató la ametralladora pesada a un compañero, salió al medio de la calle a cuerpo descubierto y avanzó disparando como un loco para obligar a los francotiradores a esconderse y permitir que sus hombres se salvaran. Los carteles gigantes con el rostro del asesinado presidente Bashir Gemayel empapelaban verdaderamente esas calles.
Al recordar la forma rítmica en que Frenkel esquivaba las balas y se movía pesadamente con el arma gigante frente a los retratos políticos, sus mentes lo archivaron para siempre como si hubiera sido un “vals demente”.
El ministro de Defensa de Israel, Ariel Sharon, y los altos mandos se reunieron con los líderes de las milicias cristianas falangistas y les ordenaron entrar a los campamentos bajo el pretexto de buscar a presuntos “terroristas palestinos” de la OLP escondidos entre la población civil.
Los falangistas cristianos entraron a Sabra y Shatila a las 18:00 horas del 16 de septiembre. Lo que siguió no fue una operación militar, sino una matanza sistemática ejecutada a sangre fría:
Durante casi 40 horas, los milicianos cristianos violaron, torturaron, mutilaron y asesinaron en masa a miles de civiles indefensos. Thomas Friedman, uno de los primeros periodistas en entrar, relató que encontró a grupos de hombres jóvenes atados de pies y manos que habían sido alineados y ejecutados con ráfagas de ametralladora al estilo de las mafias.
El ejército israelí observaba desde puestos de vigilancia elevados a escasos metros de los campamentos. Cumplieron la orden militar de lanzar bengalas luminosas al cielo nocturno, iluminando artificialmente el interior de los campamentos y facilitando el trabajo de los ejecutores cristianos en la oscuridad. Los informes demostraron que los mandos israelíes ignoraron deliberadamente los avisos de los soldados rasos que alertaban de que se estaba matando a mujeres y niños.
El número exacto de muertos sigue en disputa. El gobierno libanés cifró las bajas en 460, pero la Cruz Roja, periodistas internacionales y comisiones de derechos humanos estimaron que entre 1.300 y 3.500 civiles palestinos y libaneses chiíes fueron masacrados. Las Naciones Unidas calificaron oficialmente el suceso como un acto de genocidio.
Tras la indignación mundial y masivas protestas en Tel Aviv, Israel creó la comisión judicial independiente Comisión Kahan (1983). El dictamen determinó que Ariel Sharon tenía “responsabilidad personal indirecta” por haber facilitado la entrada de las milicias sedientas de venganza y no haber actuado para detener el baño de sangre. Sharon se vio obligado a dimitir como ministro de Defensa (aunque décadas más tarde regresaría a la política y sería elegido Primer Ministro en 2001).
A día de hoy, nadie ha sido juzgado, condenado ni encarcelado por las ejecuciones materiales en los campamentos de Sabra y Shatila.
https://imeu.org/resources/resources/explainer-the-sabra-shatila-massacre/113