Narra de forma cruda un hecho histórico real y trágico: la Matanza de la Escuela Santa María en 1907, donde el ejército chileno asesinó a miles de mineros del salitre (junto a sus esposas e hijos) que se habían declarado en huelga legítima para pedir condiciones de trabajo dignas.

La Cantata de Santa María de Iquique trata sobre la Matanza de la Escuela Santa María en 1907: el asesinato de miles de minero del salitre en Chile.

El ejército chileno abrió fuego de fusilería y ametralladoras contra miles de trabajadores de las minas de salitre (pampinos) y sus familias, quienes se encontraban refugiados en una escuela pública del puerto de Iquique demandando condiciones laborales dignas.

A principios del siglo XX, el desierto de Atacama (en las regiones de Tarapacá y Antofagasta) vivía el auge de la extracción del salitre, el principal motor económico del Estado chileno. Sin embargo, la riqueza generada contrastaba drásticamente con la realidad de los mineros:

Las compañías británicas y europeas dueñas de las oficinas salitreras no pagaban con moneda de curso legal, sino con fichas de plástico o madera válidas exclusivamente en las pulperías (las tiendas de la propia empresa), donde los precios estaban inflados.

Las jornadas laborales superaban las 12 horas, no existía seguridad ante accidentes en las faenas, las viviendas eran de calaminas miserables y no había atención médica ni alcantarillado.

En diciembre de 1907, cansados de los abusos, los trabajadores de la oficina salitrera San Lorenzo se declararon en huelga. El movimiento se expandió rápidamente por toda la pampa.

Ante la negativa de los patrones a negociar en el desierto, decenas de miles de personas (obreros chilenos, peruanos y bolivianos junto a sus esposas e hijos) iniciaron una travesía a pie hacia el puerto de Iquique para presionar a las autoridades. El intendente de la ciudad, Carlos Eastman, decidió alojar provisionalmente a la multitud en las dependencias de la Escuela Domingo Santa María y en la colindante Plaza Montt.

El gobierno del presidente Pedro Montt, temiendo una revolución social y presionado por las élites comerciales y diplomáticas extranjeras, ordenó al general Roberto Silva Renard reprimir con dureza la movilización.

Hacia las 15:30 horas de aquel sábado, las tropas rodearon el establecimiento educacional con ametralladoras fijas. Silva Renard dictó una orden de desalojo inmediato exigiendo que abandonaran la ciudad y depusieran la huelga. Los dirigentes obreros se negaron a salir, argumentando que si regresaban a las minas sin soluciones serían encarcelados o sometidos a peores castigos.

Sin mediar más palabras, el general ordenó abrir fuego. Las ráfagas ametrallaron de forma indiscriminada las azoteas, el patio de la escuela y las carpas de la plaza. La balacera no distinguió entre hombres, mujeres ni niños. Los sobrevivientes aterrorizados fueron conducidos a punta de bayoneta hacia el Club Hípico de la ciudad para ser dispersados y devueltos a las minas.

Existe una enorme discrepancia histórica sobre la cantidad real de víctimas debido a la censura de prensa y la ocultación de archivos que aplicó el gobierno:

El informe del gobierno de la época solo reconoció 126 muertos y una cantidad similar de heridos. Investigaciones independientes, testimonios de los médicos de la época y la memoria social coinciden en que la masacre dejó un saldo de entre 2.200 y 3.600 personas asesinadas.

Siete años después de la tragedia, en 1914, el general Roberto Silva Renard sufrió un atentado en Santiago de Chile. Fue atacado a puñaladas por Antonio Ramón Ramón, un obrero anarquista de origen español que viajó a Chile para vengar la muerte de su medio hermano, Manuel Vaca, una de las miles de víctimas anónimas enterradas en las fosas comunes de Iquique. El militar sobrevivió al ataque pero quedó con secuelas graves permanentes hasta su muerte.