Entonces fue que Alfonso Ugarte, en su caballo blanco y con celeridad de urgencia, acudió a un sitio y otro tratando de mantener el enlace de los batallones y de llevarlos hasta la cresta del morro para defenderlo hasta el mar. Tomó Ugarte en sí esta responsabilidad porque ya casi todos los jefes peruanos estaban muertos o heridos. Uno de los pocos que seguía sano era Arias Aragüez, quien rodeado de enemigos fue intimado hasta tres veces para que se rindiera, mas el tacneño se negó a entregar su espada cayendo fulminado a balazos al no atreverse ningún oficial chileno a quitársela. Así las cosas llegaron los enemigos muy cerca del mástil donde estaba la bandera, defendiendo la cual murieron cantidad de soldados peruanos con el mayor Blondell, quien sucumbió al pie del asta dicen que habiendo bajado el pabellón para salvarlo del adversario. La tradición narra que muerto Blondell, el bicolor quedó flotando en varios brazos, sin llegarlo a tocar el enemigo, y que entonces un jinete lo arranchó a quienes lo tenían y espoleando a su caballo blanco se lanzó al vacío con la bandera en su mano derecha por el lado norte del morro: era el coronel Alfonso Ugarte.