
Aunque formalmente el retrato es del rey Carlos IV, Goya situó a la reina María Luisa de Parma en el centro exacto de la escena.
Esto refleja la realidad histórica del momento: la reina, dotada de un carácter fuerte y dominante, era quien verdaderamente manejaba los hilos de la política del país, fuertemente influenciada por su valido, Manuel Godoy ((Manuel Godoy, duque de Alcudia y Príncipe de la Paz y ministro (F. de Goya, 1801)).
El rey Carlos IV aparece en un primer término hacia la derecha, con el cuerpo ligeramente avanzado. Su postura es digna pero su mirada, algo perdida y bonachona, delata su carácter pasivo e indolente ante los asuntos del Estado.
En el extremo izquierdo, vistiendo un traje azul brillante, destaca el joven Fernando, Príncipe de Asturias (futuro Fernando VII). Su mirada altiva y su postura firme marcan su distanciamiento e intrigas constantes contra sus propios padres.
Justo detrás del príncipe Fernando aparece una joven que vuelve la cabeza hacia el fondo, ocultando su rostro por completo. Goya la pintó de esta manera porque representaba a la futura esposa del príncipe, que en el año 1800 aún no había sido elegida. Cuando finalmente se concretó el matrimonio con María Antonia de Nápoles en 1802, Goya decidió dejar el cuadro intacto en su estado original.
Goya se autorretrató dentro del lienzo a la izquierda, tal y como había el autor de Las Meninas (Velázquez, 1656).