
La escena se sitúa en el taller de Velázquez dentro del Real Alcázar de Madrid. Los personajes principales son:
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La Infanta Margarita: La hija de los reyes de 5 años, situada en el centro del cuadro iluminada por un foco de luz blanca.
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Las Meninas: María Agustina Sarmiento e Isabel de Velasco, las dos damas de compañía de la aristocracia que asisten a la infanta (una le ofrece agua en una vasija de barro y la otra hace una reverencia).
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Los bufones de la corte: Mari Bárbola y Nicolasito Pertusato (quien pisa juguetonamente al mastín español tumbado en primer plano), personajes reales que amenizaban la vida en palacio.
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El propio Velázquez: El pintor se autorretrata a la izquierda, sosteniendo la paleta y el pincel frente a un gigantesco lienzo cuyo reverso da hacia el espectador. En su pecho luce la cruz de la Orden de Santiago.
Velázquez deseaba con obsesión ser nombrado Caballero de la Orden de Santiago, un honor reservado a la nobleza y prohibido a quienes realizaban “trabajos manuales” como la pintura.
La Orden de Santiago es una de las instituciones religiosas y militares más importantes de la historia de España. Fundada en el siglo XII (hacia 1170), su propósito inicial fue eminentemente proteger militarmente a los peregrinos que realizaban el Camino de Santiago (Catedral de Santiago de Compostela) y combatir a los reinos musulmanes durante la Reconquista en la península ibérica.
Al igual que viste en el caso de Las Meninas, con el paso de los siglos la orden mutó de ser una hermandad de monjes-soldados a convertirse en la distinción de nobleza y prestigio más codiciada por la élite política, social y artística del Siglo de Oro español.
La orden nació en la ciudad de Cáceres bajo el reinado de Fernando II de León. Un grupo de caballeros decidió unirse para defender la frontera contra los almohades. Poco después, se pusieron bajo la protección de Santiago el Mayor (el apóstol patrón de España) y adoptaron una regla monástica (la de San Agustín), pero adaptada a caballeros que podían casarse. A diferencia de los Templarios, los caballeros de Santiago no tenían voto de castidad absoluta.
El emblema definitivo de la orden es una de las imágenes heráldicas más famosas del mundo: la Cruz de Santiago. Se trata de una cruz latina de gules (rojo) con forma de espada (lo que simboliza el carácter militar y el martirio del apóstol) y con los brazos rematados en forma de flor de lis (que representa el honor inmaculado de los caballeros). Los miembros de la orden la llevaban bordada con orgullo en el lado izquierdo de sus capas blancas y túnicas.
Gracias a sus victorias militares, los Reyes Católicos y sus antecesores otorgaron a la Orden de Santiago inmensas extensiones de tierra, castillos, pueblos y monasterios, principalmente en las regiones de Extremadura y Castilla-La Mancha. El jefe máximo de la orden era el Gran Maestre. Su poder e ingresos económicos llegaron a ser tan gigantescos que rivalizaban con los del propio rey. Por ello, a partir de 1493, los Reyes Católicos lograron que el Papa les concediera el control de la orden, haciendo que el título de Gran Maestre recayera para siempre y de forma exclusiva en la Corona de España.
En los siglos XVI y XVII, pertenecer a la Orden de Santiago ya no implicaba ir a la guerra, sino alcanzar el estatus social más alto posible. Para ser admitido, el candidato debía someterse a una investigación exhaustiva y secreta realizada por el Consejo de Órdenes, conocida como la prueba de limpieza de sangre:
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Se investigaba el árbol genealógico del aspirante hasta sus abuelos para demostrar que no tenía antepasados judíos, musulmanes o conversos.
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Se debía probar que ni el candidato ni sus familiares habían realizado jamás “oficios mecánicos o manuales” (como ser sastre, carpintero, comerciante o pintor), ya que el trabajo físico se consideraba deshonroso para la nobleza de la época.
Esta última norma es la que explica el enorme calvario que sufrió Diego Velázquez para ser admitido. El pintor tuvo que valerse de la influencia directa del rey Felipe IV y del testimonio jurado de amigos ilustres (como Zurbarán) que aseguraron ante los jueces que Velázquez no pintaba por dinero, sino “por puro placer y para servir al rey”, logrando la cruz de Santiago apenas un año antes de morir.
Obtuvo el título en 1659, tres años después de terminar el cuadro. Cuenta la leyenda que fue el propio rey Felipe IV quien, tras la muerte de Velázquez, entró en el taller y pintó con sus propias manos la cruz roja de Santiago en el pecho del pintor en el cuadro como homenaje póstumo.
La Orden de Santiago
Si miras fijamente el espejo del fondo, se aprecian los rostros reflejados del rey Felipe IV y su esposa Mariana de Austria. Por lo tanto, están situados en el espacio del espectador. Velázquez está pintando un retrato de los reyes, y son los personajes quienes les miran.