
El 26 de junio de 1541 Francisco de Pizarro fue asesinado en su palacio de Lima por los “almagristas”: partidarios de su gran rival Diego de Almagro, que había sido ejecutado.
Diego de Almagro (1475–1538) fue un célebre e intrépido conquistador español, conocido históricamente por ser el socio principal de Francisco Pizarro en la conquista del Imperio inca y el descubridor oficial de Chile.
De orígenes muy humildes e ilegítimo (adoptó como apellido el nombre de su pueblo natal, Almagro, en Ciudad Real), llegó a América en 1514. En Panamá conoció a Francisco Pizarro y al clérigo Hernando de Luque. Los tres fundaron la Compañía de Levante con un objetivo claro: explorar y conquistar las rumoreadas y ricas tierras del sur.
En la práctica, se dividieron el trabajo: Pizarro lideraba la vanguardia militar y Almagro se encargaba de la dificilísima retaguardia, reclutando soldados, comprando armas y enviando provisiones desde Panamá. En una de esas batallas de exploración previas, Almagro fue herido por una flecha indígena y perdió un ojo, lo que endureció aún más su carácter.
La hermandad comenzó a romperse cuando Pizarro viajó a España a firmar la capitulación oficial con el rey Carlos I para la conquista del Perú. Pizarro barrió para su casa: se otorgó a sí mismo el título de Gobernador, Capitán General y un sueldo inmenso, mientras que para Almagro solo obtuvo el cargo de gobernador de la pequeña e insignificante fortaleza de Tumbes y un título menor. Almagro se sintió profundamente traicionado y menospreciado por su socio, acumulando un enorme resentimiento.
Tras capturar al emperador Atahualpa y repartirse el fabuloso rescate de oro, el rey intentó solucionar los roces dividiendo el territorio en dos gobernaciones: Nueva Castilla (norte de Perú) para Pizarro, y Nueva Toledo (sur de Perú y territorios meridionales) para Almagro.
Ninguno de los dos sabía a qué gobernación pertenecía el Cuzco, la joya de la corona y capital del imperio inca. Para evitar una guerra inmediata, Pizarro convenció a Almagro de que marchara hacia el sur a conquistar las tierras de Chile, asegurándole que allí encontraría un imperio aún más rico.
Almagro invirtió toda su fortuna, reunió a 500 españoles y cruzó la traicionera e infernal cordillera de los Andes, perdiendo a cientos de hombres por congelamiento. La expedición a Chile (1535–1536) fue un fracaso absoluto: no había oro, los nativos mapuches presentaron una resistencia feroz y el territorio era inhóspito.
Almagro regresó al Perú en 1537, entró por la fuerza en el Cuzco, encarceló a los hermanos de Pizarro y se proclamó dueño de la ciudad. Esto desató la Guerra de las Salinas (1538) entre “pizarristas” y “almagristas”.
Almagro, viejo y enfermo, fue derrotado por las tropas de los hermanos Pizarro. Hernando Pizarro lo condenó a muerte. El 8 de julio de 1538, Diego de Almagro fue estrangulado en su propia celda del Cuzco y su cadáver fue llevado a la plaza mayor para ser decapitado públicamente.
Este trágico final dejó una sed insaciable de venganza en sus seguidores, quienes tres años más tarde, liderados por el hijo mestizo de Almagro (Almagro el Mozo), asaltarían el palacio de Lima para matar a Francisco Pizarro en el suelo, tal y como vimos en el cuadro anterior.
El marqués ya anciano, yace desplomado en las losas de piedra del palacio, con armadura pesada y coleto, herido de muerte en el cuello tras haberse defendido contra los atacantes.
Pizarro utiliza el dedo índice de su mano derecha manchado con su propia sangre para dibujar una cruz en el suelo, besándola justo antes de expirar y pronunciando la palabra “Jesús”.
El cadáver representa a Francisco Martín de Alcántara, el medio hermano materno de Pizarro. Cuando la veintena de atacantes de la facción “almagrista” (apodados los de Chile) tiró abajo las puertas al grito de “¡Viva el rey, muera el tirano!”, la mayoría de los invitados de Pizarro huyeron aterrorizados saltando por las ventanas hacia el río Rímac. Solo su hermano Alcántara y dos jóvenes pajes se quedaron para luchar a muerte junto al viejo gobernador.
Pizarro, a pesar de verse superado en número y no haber tenido tiempo de abrocharse las correas de su armadura, desenvainó su espada y peleó como un león.
Las crónicas confirman que mató a dos atacantes e hirió de gravedad a un tercero antes de ser abatido. En los registros históricos de la masacre consta que uno de los fallecidos por su espada fue el asaltante Diego de Narváez.
Tras recibir más de veinte heridas de arma blanca, el líder del asalto, Juan de Herrada, agarró a uno de sus propios compañeros de armas y lo empujó a la fuerza contra la espada de Pizarro para que sirviera de escudo humano. Mientras Pizarro intentaba sacar su espada del cuerpo de esa víctima, el resto de los conjurados lo acorralaron y Martín de Bilbao le atravesó la garganta de una estocada, derribándolo definitivamente.
De acuerdo a las crónicas de la época,yacido en el suelo agonizado, mojó antes de morir su índice en el charco de su propia sangre, dibujó una cruz y tras besarla exclamó “¡Jesús!”.
tras la Los Trece de la Fama