Nelson Mandela fue encarcelado durante 27 años por liderar la oposición armada contra el régimen del apartheid, el sistema de segregación racial legalizado que imponía la minoría blanca en Sudáfrica.

El gobierno sudafricano lo acusó formalmente de sabotaje, alta traición y conspiración para derrocar al gobierno en un famoso proceso judicial conocido como el Juicio de Rivonia (1963-1964).

  • El cambio a la lucha armada: Originalmente, Mandela y su partido, el Congreso Nacional Africano (CNA), protestaban de manera pacífica mediante huelgas y desobediencia civil. Sin embargo, en 1960, la policía cometió la Masacre de Sharpeville, asesinando a 69 manifestantes negros indefensos. Tras esto, el gobierno prohibió el CNA. Mandela entendió que la vía pacífica no funcionaba y cofundó el brazo armado del partido (Umkhonto we Sizwe / “La Lanza de la Nación”) para realizar actos de sabotaje contra infraestructuras del gobierno (como líneas ferroviarias y centrales eléctricas).

  • La captura y el juicio: Tras pasar meses en la clandestinidad viajando en secreto fuera del país, Mandela fue arrestado inicialmente en 1962 por salir de Sudáfrica sin permiso. Mientras cumplía esa primera condena corta, la policía asaltó un cuartel secreto del CNA en una granja de Rivonia y encontró documentos que lo vinculaban directamente con los planes de la guerrilla armada.

El régimen pedía la pena de muerte para Mandela y sus compañeros. Durante el juicio, Mandela pronunció un histórico discurso de tres horas desde el banquillo de los acusados que conmovió al mundo. Su frase final quedó para la historia:

“He defendido el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas viven juntas en armonía […]. Es un ideal por el que espero vivir y conseguir. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”.

La presión internacional y el impacto de sus palabras evitaron la ejecución. El 12 de junio de 1964, fue condenado a cadena perpetua.

  • El aislamiento y las sanciones internacionales: El mundo le dio la espalda a Sudáfrica. La ONU impuso un embargo de armas y la economía colapsó cuando la comunidad internacional aplicó sanciones comerciales, financieras y petroleras. Las grandes multinacionales extranjeras retiraron sus inversiones del país. Además, el régimen sufrió un boicot cultural y deportivo absoluto (fueron expulsados de los Juegos Olímpicos y de la FIFA).

  • La insurrección interna: Los townships (los guetos donde se obligaba a vivir a la población negra) se volvieron ingobernables. Las huelgas masivas de trabajadores paralizaban la economía y las protestas callejeras lideradas por jóvenes eran constantes. El gobierno declaró el Estado de Emergencia, desplegando al ejército en las calles, pero la represión violenta solo generaba más indignación y resistencia.

  • El fin de la Guerra Fría: Durante décadas, el gobierno racista blanco se había justificado ante Estados Unidos y Europa afirmando que ellos eran el “último bastión contra el comunismo en África”. Sin embargo, con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética, ese argumento perdió todo el sentido. Las potencias occidentales dejaron de proteger diplomáticamente al régimen sudafricano.

  • El cambio de liderazgo y las negociaciones: En 1989 asumió el poder un nuevo presidente blanco, Frederik de Klerk. Consciente de que el país se dirigía inevitablemente hacia una guerra civil sangrienta y una quiebra total, De Klerk tomó decisiones radicales: legalizó los partidos políticos negros de oposición y liberó a Nelson Mandela en febrero de 1990.

Pasó sus primeros 18 años en la brutal prisión de máxima seguridad de Robben Island, realizando trabajos forzados en una cantera de cal, antes de ser trasladado a otras prisiones y, finalmente, ser liberado en 1990 tras el colapso del régimen.