
La marcha hacia Tenochtitlán hace referencia a la expedición militar y diplomática que culminó el 8 de noviembre de 1519, cuando el conquistador extremeño Hernán Cortés y sus tropas llegaron a las puertas de la majestuosa capital del Imperio mexica.
La marcha total de los españoles y sus aliados desde que salieron de la costa de Veracruz hasta que entraron en la capital azteca duró tres meses. Partieron a mediados de agosto de 1519 y culminaron su travesía el 8 de noviembre de 1519 al cruzar las calzadas que daban acceso a la gran metrópoli flotante.
Hernán Cortés y sus soldados europeos eran completos extranjeros en esas tierras, por lo que el éxito logístico de la expedición dependió enteramente de sus guías locales:
Los guías y exploradores tlaxcaltecas: El cuadro retrata cómo el ejército de Cortés marchaba flanqueado y guiado por las tropas de Tlaxcala. Los caciques de esta confederación, enemigos políticos a muerte de los mexicas, no solo aportaron miles de guerreros, sino que funcionaron como los verdaderos comandantes logísticos de la ruta, guiando a la comitiva a través de los pasos de montaña más estratégicos (como el famoso paso entre los volcanes) y alertándolos de posibles emboscadas.
La Malinche (Doña Marina): Aunque no trazaba los caminos físicos, ella fue la guía diplomática e idiomática indispensable que marchaba en la vanguardia junto al caballo de Cortés. Gracias a su capacidad para traducir y descifrar las intenciones políticas de los pueblos que encontraban, sirvió como el “radar” que le permitió a Cortés negociar con los caciques locales y evitar que la expedición fuera destruida antes de llegar a su destino.
Los soldados españoles de principios del siglo XVI tienen un aspecto más medieval que barroco: ropajes desgastados, protecciones de cuero, cotas de malla…
Meses antes, el tlatoani mexica había intentado frenar el avance de los españoles enviándoles ricas embajadas cargadas de valiosos presentes y oro a la costa. Sin embargo, la estrategia diplomática azteca provocó el efecto contrario: alimentó enormemente la codicia y la determinación de la hueste de Cortés por alcanzar el corazón del imperio.
Los líderes de las tribus indígenas aliadas guiaban a las tropas a través de las calzadas, sirviendo como los verdaderos comandantes logísticos de la marcha hacia la capital azteca.