El Boléro de Maurice Ravel nació originalmente como un encargo de la bailarina de ballet Ida Rubinstein para una obra con tintes españoles.

Ravel pensó en orquestar varias piezas de la suite Iberia de Albéniz, pero descubrió que otra persona tenía los derechos de orquestación.

Por falta de tiempo, decidió crear una obra experimental basada en una idea fija. Es célebre por su construcción repetitiva mientras el volumen y la orquestación van creciendo progresivamente hasta un clímax final.

Ravel lo consideraba una pieza menor, casi un experimento técnico sin ambición (“una obra sin música”), y le sorprendió que se convirtiera en su composición más famosa.

Es un estudio radical sobre el crescendo y la textura orquestal más que sobre desarrollo melódico o armónico — casi lo opuesto a la forma sonata que rompía Beethoven.

Se ha especulado que la repetitividad obsesiva del Bolero podría reflejar los primeros síntomas de la afasia progresiva (posible demencia frontotemporal) que empezó a afectar a Ravel poco después, y que terminaría incapacitándolo por completo para componer en sus últimos años de vida.

Se estrenó en la Ópera Garnier de París con una coreografía de Bronislava Nijinska. La puesta en escena mostraba a una bailarina (Ida Rubinstein) danzando sobre una mesa en una taberna española, atrayendo de forma magnética a una multitud de hombres cuya excitación aumentaba al compás de la música.

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